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martes, 14 de marzo de 2017

78. Padres protectores y sus consecuencias

Explicaba un docente de Barcelona que en los días de grandes aguaceros la mitad de sus treinta alumnos solía ausentarse de clase bajo la justificación de sus progenitores, pero que en día de una huelga estudiantil lo hacía toda la clase. Parece claro que la permisividad ha crecido en nuestra sociedad. El perfil de los padres protectores sufridores es el de aquellos que miman evitando a toda costa, y con gran preocupación, que su hijo sufra algún percance tanto físico como psicológico. Se podría pensar que creen que su prole es tan frágil como el cristal, pero que por desgracia acaban convirtiéndola en eso mismo, en una copa de Murano.

-        Mi hija de trece años duerme conmigo cada noche. Ya ve, es que se siente sola y sin protección.

Este tipo de costumbres comienzan durante la infancia al no dejar al hijo en su habitación berreando desconsoladamente. Ante tal alarde de sufrimiento el progenitor se siente culpable y se lo trae a la alcoba, algo que a su vez rompe la intimidad conyugal. Los bebés deben aprender a dormir solos para que todos puedan conservar su intimidad. En otro caso suceden casos del todo aberrantes como el de unos padres en Granollers que daban el biberón a su hijo de siete años de edad.

-        Es que así desayuna más rápido.

También hay padres que han cambiado a su hijo de centro porque todos los compañeros de clase no le querían. No hay duda que a veces parte de un grupo repudia a un compañero de tal forma que se hace aconsejable un cambio de grupo o de centro, pero cuando ya se llevan tres colegios distintos algo falla en la familia. Sirva el caso de una familia en donde un hermano falleció pero otro pasó a recibir todos los cariños por miedo a que éste muriera, algo muy parecido con los niños que han padecido una enfermedad crónica o grave. En ambos casos los padres temen tanto por la vida de su prole que sufren en exceso ante cualquier pequeño riesgo. Podríamos definir finalmente este perfil familiar como progenitores que controlan y protegen en exceso a sus hijos. A menudo les justifican sus faltas y errores manteniendo un buen control de su entorno y evitándoles cualquier riesgo externo, algo que les debilita psicológicamente y acarrea muchos problemas. Por otro lado, estos padres suelen también ser amigos de sus hijos aunque no excesivamente compradores de bienes materiales.

Los adolescentes que han vivido en la burbuja vigilada por sus progenitores son muy sensibles a los cambios y débiles ante la frustración. Su fragilidad les da cierta rareza dentro del grupo, incluso llegan a ser en cierto modo introvertidos y con dificultades de socialización. De hecho, no han experimentado demasiado el exterior familiar y su autoestima es baja. Por otro lado, y a nivel académico, sucede que suelen desarrollar cierta apatía escolar y trabajan en la inconstancia con un riesgo, aunque bajo, de repetir curso. De todas formas existen casos que al sentirse distintos a los demás, renace un gran anhelo sufridor y perfeccionista ante los estudios. En conjunto no suelen ser insistentes en sus caprichos ni tampoco provocativos con sus adultos, pero muy a menudo desarrollan cuadros depresivos que pueden agudizarse al crecer y que pueden llevarles al abandono estudiantil y/o profesional. Repitamos aquí lo que Platón decía sobre la felicidad, que ésta residía en la privación, es decir, lo que más se sufre más se valora. Si un púber no ha experimentado el esfuerzo no sabrá valorar lo que a solas pudo lograr. Es más, cuando no lo obtenga se frustrará. En tal situación se verá arrojado a la desilusión, al desengaño e incluso a mentir. Saber superar las frustraciones requiere haber pasado por pequeñas dosis de sufrimiento durante nuestra infancia. En Japón, en donde muchos padres tienen a sus hijos bajo una burbuja de cristal, el número de suicidios crece año tras año. Del 9 al 17 de noviembre de 2006 al menos ocho adolescentes se suicidaron al no superar la frustración por diversas razones escolares. Durante el 2005 se quitaron la vida 608 japoneses menores de 20 años. Con unos 35.000 casos anuales, Japón es el país con mayor tasa de suicidios del mundo industrializado, siendo la nación en donde más se mima a los lechones.

       Comprar el cariño y la conducta de nuestros púberes con regalos y libertades resulta una tentación que algunos educadores llevan al abuso. La culpa no es del todo suya. Vivimos en un matrimonio difícil de divorciar, el capitalismo y su pareja inseparable, el consumismo. Sin uno no existe el otro, y sin el otro no hay el uno. El mundo da muchas vueltas aunque más importante es que sea el dinero y las especulaciones quienes lo hagan. Si nos viéramos obligados a dejar de comprar e invertir, los grandes capitales perderían ganancias, que no beneficios. Ante tal merma unas empresas cerrarían, otras pactarían bajarle el sueldo y la mayoría reducirían su plantilla engrosando las listas del paro. El estado, viendo sus impuestos reducirse al bajar consumo y especulaciones, decidiría pedir créditos a esos capitales para seguir pagando un bienestar social insostenible pero que prometió a sus electores. Esperando con optimismo años mejores su deuda alcanzaría cotas jamás vistas y tarde o temprano dejaría en ruina al país, una herencia que debería asumir el pueblo pagano de todo aquello. En consecuencia, el gobierno entrante se pondría a hacer recortes sin sancionar a los anteriores culpables de todo aquel desatino de decisiones funestas. Ya se sabe que mejor no condenar a quienes a lo mejor te acusen a ti en un futuro, y menos aún procesar a quienes te pagan la campaña electoral, bancos y financieras. En fin, que a uno le subirán los impuestos, le bajarán los servicios sociales y hasta le pedirán que en caso de trabajar, lo haga más horas y por menos dinero, o lo que es lo mismo, con más IRPF. Así, con países y empresas recortando costes y personal, los inversores guardarán su capital en lugar seguro, paraísos fiscales como Panamá por ejemplo, y la bolsa perderá valor. Al final, la economía de este sistema desacelerará y el mundo capitalista, aún dando vueltas, también. Y eso mismo fue lo que ocurrió durante la crisis del 2008, ¿le suena ahora todo lo anterior? El dinero y las especulaciones fueron como el agua a un ecosistema, cuantas más veces circulaban, más organismos las aprovechaban. El problema fue que aquella agua no era real, era especulativa, es decir no existía. A cuanto mayor número de manos pasaba, más se creía que valía. Muchos de estos valores en realidad no valían nada y durante el 2008 muchos se dieron cuenta y les cogió pánico. ¿Solución? Venderlo todo y el mundo despertó ante la nada de aquellos valores. En fin que las bolsas se desplomaron cayendo todo aquel castillo de naipes. Los financieros, quienes ganaban cien veces más que un simple arquitecto, habían vendido sueños a los inversores con derivados, futuros y preferentes. Pero detrás de todos aquellos productos no había dinero tangible, sólo humo lleno de conjeturas, esperanzas y ganas de obtener divisa fácil.

Un ingeniero diseña obras que se construyen, un financiero sólo pesadillas.

Ante esta u otras crisis, uno pudiera decidir ahorrar y esconder todos sus duros debajo de una baldosa, pero el sistema ya inventó algo para disuadirlo, la inflación, y si esta fallara, la obligación de pagar, la subida de los impuestos. Haga lo que haga le arrastrarán al gasto, no le quepa la menor duda. En fin, que nuestro sistema nos obliga a consumir o pagar a los grandes capitales, sean estatales, bancarios o de multinacionales. Aunque quizás no nos guste, nuestra sociedad se fundamenta en eso, en que todos nosotros consumamos cuanto más mejor, y si es sin necesidad, o por encima de nuestros ingresos, más se aplaude. El problema es que esa sin necesidad o ese por encima tuvieron efectos dañinos sobre nuestro nivel adquisitivo inmediato y sobre la educación de nuestros hijos.

Comprar a los hijos todo aquello que uno no tuvo; pretender que con más bienes mostraran más cariño; protegerlos diciendo que tiempo habría para que sufrieran; y preguntar cada día al zagal que quería para desayunar ante una pastelería, o hasta comprarle el mejor móvil ya en primaria, fueron múltiples ejemplos de cómo se les pagó por algo que no debía ser negociable, la responsabilidad. En resumen y concretando, se podría decir que comprar en exceso y regalarles demasiado engendra el materialismo en los chavales y no el valor de las cosas por el esfuerzo real que requieren. El enfoque anterior arrastra a los críos hacia un bajo nivel de compromiso durante su infancia y luego a la falta de respeto, solidaridad y empatía hacia sus adultos durante su adolescencia. De proseguir tal tendencia se les empuja a ser exigentes con los demás y a desarrollar una calidad profesional nefasta en su futuro laboral. Tenerlo todo demasiado fácil durante la infancia y adolescencia provoca dar mayor prioridad al dinero que al esfuerzo, es decir, querer ganar mucho con escasa dedicación, algo que perpetraron los financieros con la crisis económica actual. La compra del cariño con regalos sólo equivale al precio que uno paga por los sobornos emocionales de su hijo y no por un amor que apenas dura. Creerles cuando dicen que, tú no me quieres, es ceder ante su capricho. Y tanto que le quiere, tanto que por eso hace lo que debe, evitar ser un protector comprador.

Durante las jornadas económicas que la extinta Caixa de Manresa organizó en abril del 2007, Pilar del Castillo, Alejandro Tiana y otros personajes estuvieron de acuerdo en afirmar que los países con mayores cotas en educación aumentan su competitividad y se desarrollan más. Si la cultura no impulsa el esfuerzo jamás obtendremos profesionales cualificados. Para los asiáticos, por ejemplo, el éxito escolar de sus retoños resulta lo más crucial para la familia. Si los resultados de sus hijos son adversos, los padres asiáticos piensan que su alevín no se ha esforzado lo suficiente. De hecho en Estados Unidos los inmigrantes que mayor éxito estudiantil y profesional ostentan son los hijos de los asiáticos, mientras que latinos y afroamericanos se quedan por debajo. Las familias asiáticas inculcan a sus chavales que deben trabajar duro con los estudios, y a pesar que hablan otra lengua muy distinta al inglés, estos alumnos van por delante de los anglos autóctonos. Añadamos a lo anterior que a los estudiantes asiáticos recién llegados les va mucho mejor que a los afroamericanos y latinos nacidos en el país, prueba irrefutable que el esfuerzo prima sobre el origen social, cultural o étnico. Sirve de ejemplo el instituto Orange County cerca de Los Ángeles en donde la mayoría de habitantes son vietnamitas y en donde casi no hay fracaso escolar. A nivel académico no existen diferencias ni entre chicas y chicos, ni entre clases sociales, ni entre quienes hablan más o no el inglés por el barrio. El elevado éxito escolar se explica por el nivel de estudio, la cohesión familiar y la cultura del esfuerzo en todo ello. En fin, que el éxito asiático no es genéticamente asiático sino de la perseverancia y del afán. No exigir esfuerzo a nuestros estudiantes es infantilizarlos. Cabe añadir que antes era el estudiante quien se debía responsabilizar de su motivación y autonomía, como ocurre en Estonia y Finlandia, en cambio ahora, y según las pedagogías teóricas, es el docente quien debe apoyar y motivar a los alumnos de aquí. Estas ideas propiciaron en parte la idea en España del enriquecimiento rápido bajo formaciones mediocres. De hecho nuestro país puso ingentes cantidades de dinero en la construcción dejando de lado a la educación. Es decir, se invirtió más en paletos que en personas. Al final esa situación propició que una minoría de capitalistas nacionales detentara el poder y la economía. Eso a su vez provocó un mayor enriquecimiento de éstos en detrimento del bienestar social de la mayoría. Estonia y Finlandia, antítesis de esta hispanidad, se fundamentan en todo lo contrario obteniendo altos logros en educación, economía y seguridad social. Su perfil cultural lo explica todo. En Estonia y Finlandia prima la familia sobre el eje educativo, la solidaridad sobre el eje social, la lectura sobre el conocimiento crítico y finalmente su rechazo a un progreso económico exponencial e infinito. Los finlandeses y los estonianos, a diferencia del Reino de España, ven prioritaria una sociedad que no devore recursos sino que sólo satisfaga las necesidades básicas de sus ciudadanos. Es decir, menos consumismo y más reciprocidad.

Visto todo lo anterior, en nuestra península deberíamos sobreproteger menos y exigir más a nuestros futuros profesionales. El Estado debería procurar que tal objetivo se cumpliera sin priorizar políticas de empleo basura bajo una educación mediocre. Los informes PISA dejan claro que Estonia, Corea del Sur y Singapur mejoran sus niveles educativos año tras año, algo que nos muestra que lo importante es la buena formación, el esfuerzo y la reciprocidad social. Quizás a todos nuestros estudiantes les haría falta tener padres asiáticos o estonianos. El niño occidental, sobreprotegido y agasajado con bienes materiales, se nos vuelve un pequeño tirano que después no podemos controlar, un débil egoísta que luego le costará dar amor, respeto y beneficios a la sociedad. Es más que obvio que hay poca disciplina y que nuestros padres suelen ser blandos al recordar su pubertad para justificar a sus hijos. Escuché un día que la periodista Mercè Beltrán comentaba que:

Algunos padres de hoy son unos adolescentes eternos.

Tengamos claro que un no a tiempo ante la demanda de ese chiquillo es un gran avance para que valore los síes que se quiera ganar. Por desgracia los padres compradores caen fácilmente ante la presión de un berrinche llorón. Acceder a la primera a los deseos infantiles es rebajar la correcta formación. Un padre me afirmaba que él los dejaba en la duda ante sus demandas insistentes. A menudo les respondía:

¿Qué crees que deberías hacer para ganarte lo que me pides?

Y luego se marchaba de inmediato para que pensara y despabilara, algo muy eficaz para cultivar su autonomía. Se insiste, consentir a un menor para dejar de oír sus demandas delata un obvio desinterés por él. Lo primero que necesita un niño es sentirse querido, algo que jamás obtiene por más donativos que reciba. Si alguien tanto quiere a sus hijos lo primero que debe aprender a decirles es simplemente NO.
Pero los chantajes emocionales presionan.

Mamá soy el único de clase a quien no le dejan.
Papá soy el único del colegio que no lo tiene.

Todo ello son falacias ya que con 30 alumnos por grupo, y unos 400 escolares en el centro, es harto imposible que el hijo de uno sea el único. Es obvio que esa madre no era la excepción, seguramente era la norma, una norma que su hijo no quería ver ni reconocer. Querer lo mejor para ellos no significa darles todo lo que piden. Mejor nueve nos y un sí que nueve síes y un solo no, mejor un buen control de su entorno que dejarlo que haga lo que quiera, mejor un cachete en la nalga que mil bofetadas de la vida. No prevenir durante la infancia conlleva que los pequeños problemas se tornen en un King Kong durante su adolescencia. Sirva de ello la siguiente muestra entre un profesor de literatura y un púber de segundo de la ESO.

-        Oriol, Oriol, podrías recoger el papel que acabas de arrojar al suelo.
-        No lo pienso hacer, yo te pago.

Mi estimado docente, algo veterano en el oficio, ya sabía que responderle y qué hacer.

-        Estimado alumno eso lo has escuchado en casa y ahora lo repites sin pensar por ti mismo. De pagar, tu no pagas nada, te lo pagamos los adultos. Los servicios de limpieza del colegio, que esta vez no te van a recoger el papel, salen de mis impuestos - tanto centros públicos como concertados reciben sus honorarios de nuestras tributaciones, es decir, de todos los contribuyentes sean padres, docentes o demás trabajadores -. Por tanto Oriol, vas a recogerme todos los papeles de clase. Tengo todo el patio para que lo hagas.

Con todo lo anterior se está mostrando que los protectores compradores miman de forma extrema a sus lobeznos, incluso llegan en ocasiones a denunciar sin razón al equipo docente, algo que nos lleva al otro lado de la educación, a la deformación del individuo. Sirva el ejemplo de una madre que llevó a los tribunales a un docente por haber robado los libros de texto a su hijo. Al final del proceso se demostró que la familia jamás había comprado dichos volúmenes. Ante tales riesgos el docente suele optar por aguantar el chaparrón en lugar de pasar a la acción y ser él quien denuncie a los mentores por obstrucción a la educación, algo todavía no contemplado por la ley. En marzo de 2004 sucedió en Cerdanyola del Vallès que un profesor se enfrentó con una amenaza de denuncia por obligar a un alumno de tercero de ESO a sentarse en clase.

-        Oriol, ¿podrías sentarte que voy a empezar la clase?
-        ...
-        Ya me has oído, ¿podrías sentarte?
-        Bueno – todavía de pie el alumno.
-        Por favor, ¿vas a sentarte o no?
-        Espera – le dijo mientras se paseaba luciendo sus nuevas y caras zapatillas deportivas.
-        Bueno, ya está bien, ¿quién te has creído que eres? ¿Miss mundo?
-        Puede.
-        Pues maquíllate guapa pero luego siéntate – el alumno asintió e hinchó el pecho y puso sus brazos en jarras simulando ser modelo. Lentamente y con gran arrogancia se dirigió a su pupitre y parsimoniosamente se sentó sonriendo.

Pasaron varios meses y fue entonces que los progenitores exigieron entrevista con el profesor. El padre nada más sentarse en el despacho profirió lo siguiente:

-        Hace once semanas usted, señor Riduestre, cometió un abuso de poder sobre mi hijo, le dijo maquíllate guapa. Eso es un abuso psicológico. Si es necesario llevaré este caso ante inspección y le denunciaré.
-        Mi intención con su hijo siempre ha sido educarle como persona.
-        ¡De eso nada! Usted debe impartir conocimientos, de educarle ya me encargaré yo.
-        No creo...
-        ¡Usted no crea nada! Mire, tiene mucha suerte que yo sea una persona como soy. Si estuviéramos en otro barrio a usted ya le habrían reventado los neumáticos del coche.
-        Perdón, ¿me está amenazando?

Y sí, le estaba amenazando, algo que sí es denunciable ante la justicia. Lo divertido de la situación fue la intervención de la asesora pedagógica de turno.

-        El padre tenía razón en algunas cosas – le dijo en privado al profesor Riduestre -, pero no en la forma de exponerlas, claro está. Deberías reflexionar y averiguar el porqué te ha sucedido esto con este alumno.

Total, unos padres sobreprotegían y un profesor debía reflexionar. El problema de todo aquello fue que el resto del grupo se enteró de lo ocurrido y se sintieron amos del aula ante una dirección escolar tan débil. Pasaron de la observancia a la rebeldía. Poco a poco los docentes quedaron desautorizados dentro del grupo de Oriol. Al año siguiente, ese cuarto de ESO resultó ser incontrolable, ¿a quien debíamos haber hecho reflexionar? ¿A los padres quizás? ¿O mejor haberlos denunciado por amenaza a un docente? Carmen Perona, abogada y autora del libro La Responsabilidad Jurídica del Profesorado en los Centros Públicos y Privados, ya puso de manifiesto que los docentes podrían usar las mismas armas que utilizan los demás contra éstos, la denuncia, pero pocos lo hacen.

En mayo de 2003 un maestro de Badalona amonestó en clase a uno de sus alumnos por escupir a sus compañeros. Le riñó repetidas veces y el chiquillo nuevamente escupió a los vecinos de mesa. Le avisó por última vez y en esta ocasión lanzó un gargajo a una niña. El maestro se acercó, perdió el aguante y le dio un cachete. No tardaron los padres en denunciar al docente y la audiencia condenó al maestro a pagar una multa. El escritor Josep Maria Espinàs manifestó lo siguiente al respecto:

 Independientemente de la pérdida de nervios del maestro, es curioso como salir en defensa de la mayoría le salió muy caro quedando clara la impunidad de los débiles.

En fin, que una minoría perjudicó a una mayoría, minoría que quedó bajo el amparo y la justificación de unos protectores compradores. De todas formas el cachete, que no una paliza, ha pasado a ser un acto vil y condenable. Como si de una casta de intocables se tratara, la secretaria de Estado de Asuntos Sociales, Amparo Valcarce, decretó en noviembre de 2004 el cachete como un delito. Si un padre o una madre aplicasen tal correctivo a uno de sus hijos se arriesgaban a ser denunciados por su propio benjamín. Estaremos de acuerdo que la agresión física no educa en demasía pero, ¿no nos dirigimos al otro plato de la balanza? Antes las bofetadas formaban parte de la educación, ahora, y huyendo de ese pasado erróneo, caímos en el otro extremo. Ellos, nuestros lechones, están obteniendo muchos derechos sin comprender la otra parte del contrato, las obligaciones. No se estará viviendo en una hoguera de las vanidades donde defender los derechos humanos nos lleva a una sociedad del absurdo, ¿acaso se imaginan a un hijo déspota y que insulta a sus padres denunciándoles por un cachete que recibió en la nalga? Es más que evidente que el niño sobreprotegido, fruto de nuestra sociedad permisiva y con pocos límites de disciplina, se transforma en un dictador. Pero luego, esa falta de límites propicia algo peor, su comportamiento violento en la adolescencia, las agresiones hacia sus compañeros y hasta de sus profesores. Pero la facilidad con la cual obtuvieron todas las cosas, más su falta de valor por lo material, favorece también la tentación de satisfacer placeres poco ortodoxos con algunos psicotrópicos de moda, algo que desata aún una mayor agresividad con los de su entorno. Eso mismo ocurrió con algunos compañeros del grupo de Oriol, el que no quería sentarse. De hecho el séquito de sus amigos consumían porros a diario. Añadamos a lo anterior que según el Grup d’Atenció a la Víctima de los Mossos d’Esquadra en Cataluña, del total de denuncias por violencia doméstica durante el 2004, entiéndase ésta por agresiones entre miembros familiares, el 6 por ciento pertenecía a denuncias de padres que habían sido agredidos por sus hijos, la gran mayoría asociados al consumo de hachís.

En resumen, y para terminar con los protectores compradores, se puede decir que son educadores que dejan gran libertad de elección al hijo, le justifican, no le marcan ni disciplina ni límites claros y obviamente le pagan muchos caprichos. Suelen ser además muy amigos de su prole y por tanto les permiten que elijan con demasiada libertad todo aquello que desean, incluidas las amistades. Eso es un progresismo muy mal entendido. ¿Creen acaso que a los doce años su prole puede tomar decisiones adultas? Por otro lado, los protectores compradores suelen quejarse a menudo del colegio justificando a su hijo. En septiembre de 2006 el profesor Ángel Azpiroz fue golpeado y herido por el padre de un alumno a quien había castigado. Sirva también el caso del CEIP Eduard Marquina donde en otoño del 2006 una familia agredió de palabra y obra al equipo directivo por discrepancias educativas. En un sistema así no es de extrañar que a la larga los muchachos se crean con derecho a todo y se tornen unos adolescentes irrespetuosos, dictadores, e irresponsables. Han aprendido que pidiendo o insistiendo en todas sus demandas obtienen su premio. Si ello les falla recurren al chantaje moral para hacer sentir culpables a sus progenitores. Les dirán que el profe les castigó injustamente, que aquello que piden, toda la clase ya lo tiene, que a los demás sus padres ya les dejan salir y que si ellos no gozan de ello es porque no les quieren. En fin, que el hijo se ha transformado en el mejor actor que Hollywood deseara. Si con todo ello recibiera un no por respuesta, recurrirá al plan B, al desafío y al mal comportamiento, todo lo que infunda el miedo en la familia. Ante tal situación él se sale con la suya. Es obvio que imponer límites durante la infancia es importantísimo para conseguir que los chavales lleguen a ser responsables. Muchos problemas de disciplina adolescente surgen de una ausencia de esos nos en la niñez. Y algo más importante, no es más feliz el niño caprichoso halagado con mil síes que quien valora lo que tiene tras algunos nos, es al revés. Ya dijimos que Platón afirmaba que la felicidad residía en la privación. Tener las cosas con facilidad alegra unos minutos, con esfuerzo, mucho más. Así pues podemos definir a los hijos de los protectores compradores como grandes insistentes en lo que al final consiguen que les paguen. A cambio son muy inconstantes en el trabajo, con un ego muy fuerte y un orgullo muy, pero que muy provocativo. Aunque sus trabajos en clase sean nulos e inconstantes, cuando es necesario se activan y aprueban el curso, por lo que no suelen repetir curso o, lo que es peor, se les hace pasar para no agravar a otro grupo. Recuerde algo muy importante, su egocentrismo afecta a la mayoría de la clase con sus frecuentes fechorías. No es de extrañar que se decida lo mencionado con hijos tan sobreprotegidos. Donde no llega la familia el colegio sólo puede tomar una decisión, abdicar. Es decir, que pase de curso y que deje de perjudicar a los demás estudiantes lo antes posible.

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